Los dos ciegos

 

ciegosCuando entró en la casa, se le acercaron los ciegos, y él les preguntó: “¿Creen que puedo sanarlos?”. “Sí, Señor”, le respondieron. Mateo 9:28.
Mateo coloca en su Evangelio esta historia como continuación de la resurrección de la hija de Jairo. Un milagro después de otro. Una bendición después de otra. Ese es el ritmo que Dios te propone. Solo que estamos tan preocupados por nuestras pérdidas y tan ciegos en nuestra realidad –pobre y oscura– que no tenemos tiempo para percibir los favores constantes que el Cielo entrega.

Los ciegos siguen por la calle a Jesús, gritándole por una bendición. Cuando está en la casa, les responde su pedido. La gracia es particular, íntima; los reflejos serán públicos. El Pentecostés llegó en el secreto del aposento alto; la gente que estaba en Jerusalén notó el prodigio cuando ellos hablaron frente al Templo. ¿Entiendes? No pidas en la calle lo que Dios te quiere dar en secreto; no guardes en secreto la bendición que Dios quiere que utilices en público.

Una vez que el Sanador y el enfermo se encuentran en el ambiente ideal, comienza el diálogo. Particular y profundo (como siempre), Jesús no anda con vueltas y busca una respuesta de fe. Él está hablando de sanidad total, y no quiere perder tiempo.

¿Creen que puedo sanarlos? La pregunta es obvia para dos ciegos que, a pesar de las naturales dificultades, lo venían siguiendo. Mira más allá de las palabras, y piensa en lo que Cristo quiere decir.

Si lo piensas un poco, verás que no necesitamos orar. Dios sabe todo, sabe lo que necesito; no necesito decirle nada, no necesito orar. Entonces, ¿para qué orar? Por el mismo motivo por el que Cristo les hace la pregunta a los ciegos. Que él sepa no significa que nosotros sepamos realmente lo que necesitamos. Decírselo es un ejercicio que nos coloca en nuestra verdadera dimensión de necesidad. Responderle la pregunta que él nos hace, como una oración sincera, nos coloca en la obligación de pensar –profunda y detenidamente– qué es lo que estamos pidiendo.

La respuesta de los ciegos es positiva. El comentario de Jesús nos coloca en una situación –como mínimo– preocupante: dice que se hará todo conforme a nuestra fe. ¿Y si no tengo verdadera fe? ¿Y si mi fe no alcanza para la bendición que estoy pidiendo?

La fe de los ciegos fue suficiente para que recuperaran su vista. ¿Y la tuya?

 

Tomado de: Lecturas devocionales para Jóvenes 2014
“365 Vidas”
Por: Milton Betancor

Mildred Natera
Mildred Naterahttp://www.elversiculodeldia.com
Una sierva para la gloria de Dios!

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1 Comentario

  1. Si mi SEÑOR, PADRE aumenta mi fe , aunque a veces te fallo , se que siempre estas con migo. Gracias PADRE CELESTIAL por ser fiel, por tu gracia y tu amor.

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