Tomemos la Toalla
Pastor Jorge L. Cintrón
Serie: El Camino del Amor Redentor
Mensaje presentado en el Pabellón de Oración de la Primera Iglesia Bautista de Cayey, Puerto Rico el 8 de marzo de 2026 – 10:15 AM
Texto Bíblico: Juan 13:4–5
“Se levantó de la cena, y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido.”
Introducción
A lo largo de la historia ha habido momentos en que una acción sencilla ha revelado el verdadero carácter de una persona.
En el año 1878, cuando la fiebre amarilla azotó Memphis, muchos huyeron de la ciudad para salvar sus vidas. Médicos, comerciantes y familias enteras abandonaron el lugar. Pero un grupo de creyentes decidió quedarse. Entre ellos estaba un pastor llamado Conrad Reed y varios miembros de su iglesia. Sabían que quedarse significaba exponerse a la enfermedad, pero permanecieron para cuidar a los enfermos, llevar comida a las casas y atender a los moribundos. Muchos de ellos murieron. Cuando más tarde se recordó aquel episodio, la historia los llamó “los mártires de la fiebre amarilla”. Ellos no predicaron grandes sermones en ese momento. Simplemente tomaron la toalla y sirvieron cuando otros huyeron.
En la última noche antes de La Cruz, cuando el peso del mundo estaba sobre sus hombros, Jesús no pensó en su comodidad. El Señor se levantó de la mesa, tomó una toalla y comenzó a lavar los pies de sus discípulos. El servicio tiene una capacidad extraordinaria: revela el corazón.
En el Evangelio según Juan encontramos una escena profundamente conmovedora. Jesús está en la última noche antes de La Cruz. En pocas horas será arrestado, juzgado y crucificado. Sin embargo, en lugar de concentrarse en su propio sufrimiento, hace algo que nadie esperaba. El Señor se levanta de la mesa, toma una toalla y comienza a lavar los pies de sus discípulos.
El Rey se hace siervo. El Maestro toma la posición del esclavo. En ese gesto silencioso, Jesús nos deja una de las lecciones más profundas sobre la vida cristiana.
Juan introduce esta escena con una declaración impresionante: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin.” Es decir, hasta el extremo. Hasta el límite del amor. Y la primera expresión de ese amor extremo… fue tomar una toalla.
Hoy recibimos una invitación sencilla pero desafiante: Tomemos la toalla.
Tomar la toalla es una decisión consciente de servir.
El texto dice que Jesús “se levantó de la cena”. Nada en esta escena ocurre por accidente. Jesús no está reaccionando impulsivamente. Él sabe exactamente lo que está haciendo. Pero el evangelista Juan añade un detalle impresionante en el versículo anterior. Dice que Jesús sabía que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos. Es decir, Jesús tenía plena conciencia de su autoridad, de su origen y de su destino. Sin embargo, con esas manos que tenían toda autoridad… tomó una toalla. Las manos que tenían toda autoridad escogieron servir. La grandeza de Cristo no le impidió servir; fue precisamente la seguridad de quién era lo que le permitió descender.
En los hogares de aquella época, lavar los pies era una tarea reservada para el siervo más humilde de la casa. Los caminos eran polvorientos, las sandalias abiertas, y cuando alguien llegaba a un hogar, un esclavo lavaba sus pies. Pero esa noche no había un siervo en la habitación. Los discípulos estaban allí, pero ninguno tomó la toalla. Probablemente cada uno pensó que esa tarea no le correspondía. Jesús entonces hace lo impensable: se levanta y toma la toalla. Esto nos enseña que el servicio verdadero no ocurre por casualidad.
El servicio cristiano no comienza en las manos. Comienza en el corazón.Es una decisión. Servir significa decidir ver una necesidad y responder a ella, aun cuando otros no lo hagan.
Muchas veces los creyentes están esperando posiciones, títulos o reconocimiento. Pero en el Reino de Dios la grandeza no se mide por cuántos nos sirven, sino por cuántos estamos dispuestos a servir. Tomar la toalla significa decir en el corazón: “Si nadie lo hace, yo lo haré.”
Tomar la toalla requiere humildad verdadera.
El evangelio nos dice que Jesús “se quitó su manto”. Ese manto representaba su posición como maestro. Al quitárselo, el Señor está haciendo algo simbólico y profundamente poderoso: está dejando a un lado su posición para asumir la postura del siervo.
La humildad no es pensar menos de uno mismo. La humildad es estar dispuesto a descender para levantar a otros. Los discípulos estaban discutiendo sobre quién sería el mayor en el Reino. Pero Jesús les enseña que la grandeza en el Reino de Dios se expresa de una manera completamente diferente. En el Reino de Dios: El que quiere ser grande debe hacerse pequeño. El que quiere ser primero debe aprender a servir.
La toalla en las manos de Jesús es una declaración silenciosa: La verdadera autoridad espiritual siempre camina acompañada de humildad.
Tomar la toalla implica tocar la necesidad de otros.
El texto dice que Jesús “comenzó a lavar los pies de los discípulos”. No fue un gesto simbólico a distancia. Fue un acto personal, cercano, íntimo. Jesús tocó pies cansados. Pies polvorientos. Pies que habían caminado por caminos difíciles. Y entre esos pies estaban también los de Judas, el hombre que en pocas horas lo traicionaría.
Imaginen el momento…Jesús ya ha lavado varios pies…y de pronto llega a los pies de Judas. Judas sabe que lo va a traicionar. Jesús sabe que Judas lo va a traicionar. Y aun así…el Hijo de Dios se arrodilla frente a él. El traidor tiene los pies en las manos del Salvador. Imaginen la escena. El agua corre sobre los pies de Judas. Las manos que sostienen esos pies son las mismas manos que en pocas horas serán clavadas en una cruz.
Jesús no sirve solo cuando es correspondido. Sirve incluso cuando sabe que será herido. Ese es el amor que camina hacia la cruz. Antes de que Judas lo entregara con un beso…Jesús ya lo había servido con una toalla. Jesús sabía lo que había en el corazón de Judas… y aun así lavó sus pies.
Aquí encontramos una verdad profunda del evangelio: El servicio cristiano no se limita a quienes lo merecen. El servicio cristiano fluye del amor.
Más tarde, durante la misma cena, ocurre otro detalle que revela la profundidad del amor de Jesús. Jesús toma un pedazo de pan y se lo entrega directamente a Judas. Ese gesto no era insignificante; en la cultura de la mesa era una señal de cercanía y honra. El pan que Jesús entrega representa comunión, aceptación y amistad. Judas recibe ese pan de amor mientras está actuando para traicionar al Maestro. Jesús no lo expone con violencia ni lo humilla públicamente. En lugar de eso, le ofrece un gesto final de gracia.
La cruz no comienza sólo en el Calvario. La Cruz comienza en la mesa, cuando Jesús ama incluso a quien lo va a traicionar. Tomar la toalla significa acercarnos a las necesidades reales de las personas. Significa involucrarnos en sus luchas, en sus heridas y en sus cargas. A veces servir es tan sencillo como escuchar, consolar, ayudar o acompañar. Pero en cada uno de esos gestos, la iglesia refleja el corazón de Cristo.
Tomar la toalla es el camino que nos lleva a La Cruz.
El lavatorio de pies ocurre en la última noche de Jesús antes de su crucifixión. Cuando el Señor toma la toalla, en realidad está anticipando algo mucho más grande. La toalla apunta hacia La Cruz. Porque lo que Jesús hizo al lavar los pies de los discípulos fue solo una expresión de lo que haría al día siguiente cuando entregara su vida por nosotros. En la Cruz, Cristo no solo lavó pies. Lavó pecados. Allí cargó nuestra culpa, nuestro pecado y nuestra condenación.
La toalla en el Aposento Alto anuncia el sacrificio del Calvario. Antes de ir a La Cruz, Jesús explicó La Cruz con una toalla. Se quitó el manto. Se inclinó como siervo. Limpió lo que los discípulos no podían limpiar. Y luego volvió a tomar su lugar.
La toalla fue el primer símbolo visible de La Cruz. Antes de entregar su sangre en el Calvario, Jesús entregó su gloria en una toalla. Porque el camino de la redención siempre es uno de humillación primero. El Salvador que se arrodilló para lavar pies es el mismo que se entregó para salvar almas. Por eso, cada vez que tomamos la toalla para servir a otros, estamos reflejando el corazón del Cristo crucificado.
Conclusión
Imaginen la escena final de aquel aposento. Los discípulos están en silencio. Jesús ha terminado de lavar sus pies. La toalla está en sus manos. El Maestro mira a sus discípulos y les dice: “Ejemplo os he dado, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis.” En otras palabras: Ahora les toca a ustedes tomar la toalla.
La iglesia no está llamada solamente a predicar. Está llamada a servir. A servir en la casa. A servir en la comunidad. A servir aun cuando nadie esté mirando. Porque el camino de Cristo siempre nos lleva en una dirección: De la mesa…a la toalla…y de la toalla…a La Cruz. Porque antes de redimir al mundo con una cruz, Jesús comenzó redimiendo corazones con una toalla.
Cada vez que un creyente decide servir con humildad, el mundo puede ver un reflejo del amor de Jesucristo.
Hoy el Señor nos hace una pregunta sencilla: ¿Quién está dispuesto a tomar la toalla?

