
¿Alguna vez te has puesto a revisar tu vida después de que algo fuerte pasó?; quizás porque has pasado un tiempo difícil, porque has tenido una conversación que no esperabas, por un descubrimiento de “algo oculto” en alguien cercano que daño tu corazón, o tal vez algo más fuerte como un divorcio, o la muerte de un ser amado.
Me refiero a ese momento impactante en el tiempo que ha partido tu vida en dos, en un antes y un ahora.
Cuando algo así ha ocurrido, se siente de todo, menos deseos de usa la palabra “perdón”.
El perdón es, en muchos casos, difícil de dar; pero es altamente gratificante cuando se recibe.
Aceptas con agrado y humildad el perdón tan grande que has recibido en Jesús, pero puede ser que te niegue a otorgarlo, creando un gran peso en tu alma.
Por eso, debes saber que el perdón no es algo que impositivamente tengamos que hacer, porque la verdad es que el perdón es difícil cuando es una obligación.
Si erróneamente piensas que el perdón inicia y termina con tu esfuerzo, porque has madurado, o porque te surgieron sentimientos amables y que se sienten reales por un momento, pero fingidos después, así nunca serás capaz de dar auténticamente el tipo de perdón que Jesús te ha dado.
Tu capacidad para perdonar a otros inicia y termina en lo que Jesús ya hizo, lo que permite que Su gracia fluya libremente hacia ti y a través tuyo.
En la Biblia en la carta a los Efesios , capitulo 4, verso 32, dice, “Por el contrario, sean amables unos con otros, sean de buen corazón, y perdónense unos a otros, tal como Dios los ha perdonado a ustedes por medio de Cristo”. (NTV)
Así que el perdón no es un acto de tu determinación, sino que lo puedes alcanzar por tu cooperación con lo que Jesús ya hizo.
El Señor sabía que no podríamos hacerlo solos, así que trazó un camino para que pudiéramos perdonar el cual no está basado en nuestras fuerzas. Uno que nos lleva a estar en los brazos extendidos de Jesús; porque Él ha perdonado lo que nunca podríamos ser capaces nosotros de perdonar y ese es el camino, es decir, que cooperamos con Su obra perdonadora, así, y solo así podemos recibir y otorgar genuino perdón.
No tienes que vivir condenado(a) del dolor, sino que más bien, puedes decidir seguir adelante, porque tu vida es altamente valiosa como para albergar un dolor que no sea sanado.
Oremos, “Amado Señor, solo puedo darte gracias por haber enviado a Tu Hijo Jesús para morir por mis pecados, para que por medio de su preciosa sangre recibamos el perdón. Gracias Señor por ocuparte por mi dolor; solo te pido que me reveles tu amor para que yo pueda colaborar contigo en poder perdonar a los que me han herido; lo pido en el Nombre de Jesús, Amén”.
Versículo “Por el contrario, sean amables unos con otros, sean de buen corazón, y perdónense unos a otros, tal como Dios los ha perdonado a ustedes por medio de Cristo”. Efesios 4:32 (NTV)
