Y vino una voz desde la nube, que decía: Este es mi Hijo amado; a él oíd.
Lucas 9:35
Varias personas preguntaron a Jesús: “¿Tú quién eres? Entonces Jesús les dijo: Lo que desde el principio os he dicho” (Juan 8:25-26).
En un salmo, el rey David le atribuyó por anticipado esta afirmación: “He resuelto que mi boca no haga transgresión” (Salmo 17:3).
¿Quién podría decir lo mismo? ¡Cuántos discursos están destinados a atraer clientes, partidarios y electores! ¡Cuántas promesas solemnes son hechas con el único objetivo de seducir y destacarse, pero luego no se cumplen! ¿Pensamos realmente todo lo que decimos? ¿Somos realmente lo que afirmamos ser?
Jesús era un hombre humilde de corazón (Mateo 11:29). No trató de atraer a la gente mediante hermosos discursos o vanas promesas. Declaró al hombre su estado pecaminoso sin atenuar la verdad. No se escondió, y habló fielmente de parte de Dios, a pesar de la oposición que esto le acarrearía. Nunca pronunció una palabra de más, y jamás tuvo que rectificar algo que había dicho. En él no había contradicción ni desfase entre lo que decía ser y lo que realmente era. Sus palabras eran sabias, puras y penetrantes. Jesús es el único a quien podemos creer plenamente. Él es la verdad (Juan 14:6).
Pero también está lleno de gracia. “La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo” (Juan 1:17). La verdad nos condena, pero la gracia perdona y atrae a todos los que reconocen su estado.

“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).
Isaías 50 – Marcos 8:1-21 – Salmo 53 – Proverbios 14:35
© Editorial La Buena Semilla
