
Y cualquiera que dé a uno de estos pequeñitos un vaso de agua fría solamente… no perderá su recompensa.
El apóstol Pablo, fiel imitador de Cristo, también necesitaba ser consolado. En una cárcel de Roma, donde esperaba el suplicio, escribió su última carta: “Onesíforo… muchas veces me confortó, y no se avergonzó de mis cadenas, sino que… me buscó solícitamente y me halló” (2 Timoteo 1:16).
No era fácil encontrar en Roma el lugar donde Pablo estaba encarcelado, además era una misión muy peligrosa. Por ello esa visita fue de mucho consuelo para Pablo.
Y nosotros, cristianos, ¿nos sentimos solos, incomprendidos? Entonces hagamos como Onesíforo. Acerquémonos a nuestros amigos creyentes; así podremos compartir nuestras dificultades recíprocas. Pero sobre todo podremos hablar del Señor, de su fidelidad, de sus sorprendentes cuidados, de las buenas sorpresas que su amor nos da.
No olvidemos a los enfermos, a los ancianos, quienes apreciarán una visita como un rayo de sol en la soledad del día.
