Engrandeced a nuestro Dios. Él es la Roca, cuya obra es perfecta.
Deuteronomio 32:3-4
Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él (Jesús), sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre.
Hebreos 13:15
De algunas personas decimos que inspiran la admiración. Con mayor razón esto es cierto respecto a Jesucristo, quien nos reveló a Dios el Padre. Cuando Jesús y el amor insondable de Dios llenan un corazón, éste desborda de felicidad. La alabanza del cristiano, constituida primeramente por sentimientos de agradecimiento, exalta el amor divino y la excelencia de la persona y de la obra de Cristo.
La Palabra de Dios conduce al creyente a alabar. El Espíritu Santo hace efectiva e inteligente esta alabanza en nuestro corazón. Produce fuerza y ánimo en todas las circunstancias de la vida. El apóstol Pablo nos dice: “Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús” (1 Tesalonicenses 5:16-18).
Cuando Jesús estuvo en la tierra habló a una mujer herida en sus sentimientos, de mala reputación, sin esperanza. Ella lo escuchó, convencida por las palabras de gracia y verdad que salían de su boca. Fue a ella a quien Jesús le reveló el secreto del Padre: “Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren” (Juan 4:23).
Nuestra vocación es alabar a Dios por su gracia, y a Jesús porque dio su vida por nosotros. Hoy esta alabanza brota de corazones felices y pronto, en el cielo, todos aquellos a quienes el Señor salvó cantarán en torno a él, contemplando su gloria: “El Cordero que fue inmolado es digno…” (Apocalipsis 5:12).
Job 6 – Juan 21 – Salmo 119:153-160 – Proverbios 27:5-6
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