Somos hijos de Dios, estamos bajo las órdenes de Dios para la obra de Dios.
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El Señor puede vivir sin nosotros, pero nosotros no podemos vivir sin él.
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La oración, expresión de dependencia y medio de relacionarse con Dios, abre las ventanas del cielo, de donde vienen las respuestas a nuestras necesidades y la lluvia de las bendiciones divinas.
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La gracia es la mano de Dios que da; la fe es la mano del hombre que recibe: que estas dos manos se unan y todo es para nosotros.
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No tenemos dos vidas para vivir. Cuando nuestra historia terrenal se acabe, no podremos volverla a empezar. ¡Por ello es tan importante nuestro comportamiento presente!
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“En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios, y guardamos sus mandamientos. Pues este es el amor a Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son gravosos” (1 Juan 5:2-3).

