El gozo de realizar una labor
Pastor Jorge L. Cintrón
Mensaje para ser presentado en el Pabellón de Oración de la Primera Iglesia Bautista de Cayey, Puerto Rico el 9 de noviembre de 2025, 7:30pm
Texto Bíblico: Lucas 10:17-20
Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre. Y les dijo: Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo. He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.
La Biblia señala que una mujer que tenía diez 10 monedas se le perdió una de ellas y se da a la tarea de buscar la moneda. Cuando haya la moneda se regocija. Se nos presenta también en La Biblia la historia de un pastor que tiene cien (100) ovejas y se le pierde una de ellas. Se da a la tarea de buscar esa oveja. Cuando la haya la oveja se regocija. Regularmente estas dos historias se utilizan para ilustrar el gozo que se tiene cuando algo perdido se encuentra. Así se ilustra el gozo que hay en el Cielo cuando una persona pecadora se arrepiente y acepta públicamente a Jesucristo como su Señor y Salvador.
Quiero utilizar en esta ocasión para ilustrar el gozo que se siente cuando uno finaliza una tarea obteniendo buenos resultados.
Así como hubo alegría en esas historias al recuperar lo que habían perdido, nosotros también experimentamos un gozo especial cuando culminamos con éxito una tarea para Dios.
Lucas señala que Jesús envió a setenta (70) discípulos de dos en dos delante de Él a las ciudades a las cuales iba a ir. Su misión era: Sanar a los enfermos. Proclamar que el Reino de los Cielos se había acercado. La historia señala que los setenta (70) llegaron llenos de gozo. Su gozo era producto de que habían finalizado una tarea obteniendo buenos resultados. Su gozo fue tal que después de haber finalizado esa historia Lucas señala que Jesús se regocijo en el Espíritu.
¿Qué provocó el gozo de los setenta (70)? Los resultados que observaron. “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre.”
Hoy por hoy la vida cristiana se ha circunscrito en muchas ocasiones a experiencias culticas que les permitan a las personas estar continuamente en el Monte de la Transfiguración. A atesorar experiencias personales e individuales con el Señor. A querer encontrar y quedarse en un lugar en el que puedan tener experiencias espiritualmente emotivas. A estar dispuestos a construir enramadas para la adoración y a permanecer por siempre en ese lugar. No hay nada malo en tener experiencias profundas con el Señor, pero la verdadera madurez cristiana se demuestra cuando bajamos del monte y servimos en el valle. La vida cristiana es algo más y ese algo más es más hermoso todavía
Antes de Jesús enviar a los setenta (70) envió a doce (12). Lucas señala que “Habiendo reunido a sus doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios, y para sanar enfermedades. Y los envió a predicar el reino de Dios, y a sanar a los enfermos.” (9:1,2) Después de los setenta (70) envió a la iglesia. Mateo lo presenta así: “Y Jesús se les acercó y les habló diciendo: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Amén” (Mateo 28:18-19)
Jesús les dio este mandato después de que los discípulos le habían adorado. (Mateo 28:17) Marcos al recoger esta experiencia escribe: “Y ellos saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con señales que le seguían. Amén” (Marcos 16:20)
Un himnólogo recoge el concepto de que la vida cristiana es estar dispuesto a trabajar por el Señor de la siguiente forma:
¡Trabajad!!Trabajad!
Somos siervos de Dios,
Seguiremos la senda que el Maestro trazó;
Renovando las fuerzas con bienes que da,
El deber que nos toca cumplido será.
CORO: ¡Trabajad!!Trabajad!
¡Esperad! y ¡Velad!
¡Confiad! ¡Siempre orad!
Que el Maestro pronto volverá.
¡Trabajad!!Trabajad!
Hay que dar de comer
Al que pan de la Vida quisiere tener;
Hay enfermos que irán a los pies del Señor,
Al saber que de balde los sana su amor.
¡Trabajad!!Trabajad!
Fortaleza pedid;
El reinado del mal con valor combatid;
Conducid los cautivos al Libertador
Y decid que de balde los sana su amor.
Más adelante Jesús presenta en Lucas una enseñanza sobre el servicio. “¿Quién de vosotros, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: Pasa, siéntate a la mesa? ¿No le dice más bien: Prepárame la cena, cíñete, y sírveme hasta que haya comido y bebido; y después de esto, come y bebe tú? ¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no. Así también vosotros, cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido ordenado, decid: Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos.” (Lucas 17:7-10)
El creyente siempre tiene que estar trabajando en la obra del Señor.
Una de las parábolas que presenta Jesús es la de Los Talentos (Mateo 25:14-30) Uno de los siervos recibió cinco (5) talentos, el segundo recibió dos (2) talentos y el último recibió un (1) talento. Cada uno recibió conforme a su capacidad. Cuando el hombre que le había dado los talentos a sus siervos regreso; vino para que estos le rindieran cuenta. Ya habían finalizado su tarea. A los primeros dos (2) el hombre les dijo entrad en el gozo de su Señor. Estos dos habían finalizado su labor teniendo buenos resultados. Disfrutaron del gozo de la labor realizada. Al último no se le permitió disfrutar del gozo que produce la labor realizada. Es que no había hecho ninguna labor. Sus talentos –su labor- le fue dada al primero.
La labor realizada produce gozo. El gozo del Reino no se mide por el número de talentos, sino por la fidelidad con que usamos lo que Dios nos confió.
Jesús le advirtió algo muy importante a los setenta (70) cuando regresaron llenos de gozo. “Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.” (Lucas 10:20) Laborar a favor del Reino de los Cielos sin haber tomado una pública decisión por Jesucristo como el Señor y Salvador de uno puede producir satisfacción. Pero no produce el que uno tenga entrada al Reino de los Cielos. Hay personas que pasan una vida participando de la vida de la iglesia, pero nunca han confesado a Jesucristo públicamente como su Salvador personal. Asistir a las reuniones de la iglesia es bueno, pero no es sinónimo de que los pecados de uno han sido perdonados y uno ha sido hecho una nueva criatura. Trabajar en las actividades de la iglesia es bueno, pero no es sinónimo de que los pecados de uno han sido perdonados y uno ha sido hecho una nueva criatura. No se trata sólo de servir al Señor de la iglesia, sino de tener al Señor en el corazón. La labor realizada produce gozo, pero cuando uno ha experimentado el gozo de la salvación uno es impulsado a laborar en el Reino de los Cielos y el gozo de uno se aumenta.
El verdadero gozo del creyente no se fundamenta sólo en los resultados visibles de su labor, sino en saber para quién trabaja.
Los setenta regresaron gozosos por lo que habían logrado, pero Jesús les enseñó a mirar más alto: su gozo debía estar en la relación que tenían con Dios, no solo en la obra que realizaban. El gozo más grande no es el del éxito, sino el de la salvación. Cuando uno sirve sabiendo que su nombre está escrito en los cielos, cada tarea, por sencilla que parezca, se convierte en un acto de adoración.
El apóstol Pablo vivió con ese gozo. Escribió desde la prisión: “Me gozo en los padecimientos por vosotros” (Colosenses 1:24). Para él, el trabajo en el Señor, aun en medio de las pruebas, era motivo de satisfacción y esperanza. Su mirada no estaba en la recompensa inmediata, sino en la corona de justicia que el Señor le daría. Por eso, el creyente fiel puede decir al final del día: “He hecho lo que debía hacer, he trabajado para mi Señor, y mi alma se goza.” No todo trabajo en el Reino produce aplausos humanos, pero todo esfuerzo fiel es notado por el Señor. El gozo de realizar una labor no depende de la cantidad de frutos, sino de la obediencia con que se sembró la semilla. Quien trabaja para Cristo sabe que su labor nunca es en vano. “Así que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.” (1 Corintios 15:58)
El Señor nos llama a trabajar con alegría, con gratitud y con esperanza. Gratitud, porque nos ha dado el privilegio de servir. Alegría, porque cada servicio que rendimos refleja su amor. Y esperanza, porque un día oiremos la voz del Maestro diciendo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré; entra en el gozo de tu Señor.” (Mateo 25:21)
Hay un gozo que solo conocen los que trabajan para el Reino. Es el gozo de ver vidas transformadas, corazones tocados, y sobre todo, de saber que Dios nos permite participar en su obra redentora.
Que cada uno de nosotros pueda decir cómo los setenta: “Volvimos con gozo”, pero también como Pablo: “Con gozo termino mi carrera.” Que al final de nuestra jornada, podamos decir como los setenta: ‘Volvimos con gozo’, sabiendo que cada paso dado, cada palabra dicha, y cada servicio ofrecido, fueron para la gloria de nuestro Señor.

