
Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios.
Pero ser testigo de un milagro no es fe. La fe que salva al pecador no es la admiración o el entusiasmo producido por una manifestación espectacular.
La fe que hace nacer en nosotros una nueva vida es primeramente el hecho de creer lo que Dios dice de nosotros; es aceptar sin restricción el testimonio que la Biblia rinde sobre nuestro estado de pecadores, y luego recibir personalmente a Jesucristo como Salvador y Señor. Es comprender que, mediante su obra en la cruz, pagó totalmente y para siempre la deuda de nuestras faltas ante Dios. En otras palabras, así es cómo uno es salvo (Hechos 16:31). El mayor milagro es que alguien pase de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, que se convierta en hijo de Dios (Juan 1:12).
Después del milagro de la conversión, Dios quiere y puede hacer muchos más milagros en nuestra vida. Confiemos en él y así estaremos maravillados de lo que Dios preparó para el que espera en él (Isaías 64:4).
