«Entonces, ¿para qué sirve la ley? Pues después de hacerle su promesa a Abraham, Dios nos dio la ley para mostrarnos lo que estábamos haciendo mal. Pero esa ley serviría solo hasta que viniera el descendiente de Abraham, a quien Dios le hizo la promesa. Dios le dio la ley a Moisés por medio de los ángeles, para que él nos la diera a nosotros» Gálatas 3:19
Los abogados, expertos en leyes y litigios, saben una cosa que es fundamental en sus oficios: si un defendido por ellos ha cometido cualquier acción por lo que se le esté acusando, pero esa acción, con todo y que sea patente de que ha producido algún “daño o perjuicio a terceros”, si no está contemplado en el Código Penal, a ellos se les explaya una sonrisota de oreja a oreja: saben que su defendido no podrá ser condenado. O, al menos la pena no será proporcional al delito.
Un ejemplo moderno de esto son los “delitos cibernéticos”. Cuando comenzaron a aparecer, no había leyes que rigieran la materia, por lo que a los tribunales se les hacía difícil encarcelar a los delincuentes. Ellos, con todo y que sabían perfectamente lo que estaban haciendo, podían encogerse de hombros ante el juez y decir que “no sabían” que estaban haciendo nada malo, porque incluso no estaba prohibido por Ley.
Aunque en Edén, antes de la caída de la humanidad, había una Ley Moral contenida en el “no comerás” del fruto de tal árbol, que hacía intuir, al menos, que había una Voluntad de Dios, y una obediencia que practicar a ella, la Ley de Moisés vino a aclarar las cosas, a dejar fuera de toda duda, qué estaba mal para Dios y cómo Él reaccionaría ante las violaciones. Se había instaurado el Tribunal De Dios y ahora nadie podía alegar desconocimiento ni falta de marco jurídico que regulase la conducta humana.
30 Enero 2026

