Todos seremos transformados, en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta, y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados… Hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.
1 Corintios 15:51, 58
En un largo capítulo (1 Corintios 15), el apóstol Pablo refuta las afirmaciones de ciertas personas que negaban la resurrección. Empieza presentándoles la resurrección de Jesús, un hecho histórico ineludible y afirmado por numerosos testigos; les explica que esta es una prueba de la resurrección que les es prometida. Luego se dirige al sentido común de sus lectores: si la resurrección no existe, ¿de qué le sirve predicar el Evangelio exponiéndose a tantos riesgos y sufrimientos? Si no hay resurrección, ¿por qué no disfrutar de los placeres de la vida presente?
Todos nuestros esfuerzos están motivados por los resultados que esperamos. Si el campesino trabaja duro para preparar y sembrar su campo es porque espera cosechar algo. ¡Normalmente sucede lo mismo con los cristianos! Quizá su vida y sus ocupaciones en la tierra no sean comprendidas por sus semejantes, pero cobran su sentido en lo concerniente a la eternidad. Llegará el día cuando el Señor podrá decirnos, si fuimos fieles a su servicio: “Entra en el gozo de tu señor” (Mateo 25:23).
Pensemos más en esta realidad: nuestra vida en la tierra, que dura tan poco tiempo, solo tiene valor respecto a la eternidad en la cual seremos introducidos el día en que nuestro Salvador vendrá a buscarnos. ¡He aquí nuestro verdadero futuro, por el cual realmente vale la pena servir al Señor con todo nuestro corazón!
Deuteronomio 4:25-49 – Juan 4:1-30 – Salmo 115:1-8 – Proverbios 25:1-3
© Editorial La Buena Semilla

