LA MIRADA EN CRISTO JESÚS
Pastor Jorge L. Cintrón
Mensaje presentado en el Pabellón de Oración de la Primera Iglesia Bautista de Cayey, Puerto Rico el 11 de enero de 2026 – 7:30pm
Texto Bíblico: Hebreos 12:1–2
“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.”
Introducción
La vida cristiana es presentada en las Escrituras no como una experiencia ocasional, sino como una carrera que se corre con perseverancia, entrega y fe. Antes de exhortarnos a correr, el Espíritu Santo nos conduce por la galería de la fe en Hebreos 11, donde contemplamos hombres y mujeres que caminaron con Dios, que obedecieron sin verlo todo, que creyeron sin tenerlo todo, y que permanecieron firmes aun cuando el camino se volvió difícil. Ellos no fueron perfectos, pero fueron perseverantes, porque aprendieron a vivir mirando más allá de lo visible.
Al comenzar el capítulo 12, la Palabra dirige ahora una exhortación hacia nosotros, los que seguimos corriendo, y nos entrega una instrucción sencilla y profundamente transformadora: “Puestos los ojos en Jesús.” Y en esa breve expresión encontramos no solo una instrucción, sino el secreto que sostuvo la fe de todos los que nos precedieron.
El mensaje no comienza hablándonos de nuestras luchas, ni de nuestras cargas, ni de nuestras circunstancias. Comienza hablándonos de dónde debe estar nuestra mirada, porque el rumbo del corazón siempre sigue la dirección de la mirada.
La carrera de la fe exige despojo y enfoque
(Hebreos 12:1)
El autor nos exhorta a despojarnos de todo peso y del pecado que nos asedia para poder correr con paciencia la carrera que tenemos por delante. Despojarnos del pecado que nos asedia significa reconocer que existen hábitos, actitudes, pensamientos y decisiones que, si no se rinden al Señor, terminan atando el corazón y debilitando la comunión.
El pecado que “asedia” no siempre es escandaloso; muchas veces es persistente, silencioso y tolerado. No siempre nos hace caer de golpe, pero nos hace caminar más lento, nos roba la sensibilidad espiritual y nos va alejando poco a poco de la presencia de Dios
Dios no nos llama a correr cargando lo que nos hiere. Nos llama a soltar lo que nos atrasa para poder abrazar lo que nos fortalece. Nadie puede correr bien con el alma dividida. Esto nos enseña que la vida de fe no se corre con ligereza, sino con intención espiritual y con un corazón dispuesto a soltar todo aquello que estorba nuestra comunión con Dios.
Existen cosas que no son necesariamente pecado, pero que se convierten en pesos cuando ocupan el lugar de Cristo en nuestra atención, en nuestro afecto y en nuestra mirada. Y existen pecados que, aunque muchas veces se normalizan, terminan debilitando el alma, apagando la sensibilidad espiritual y afectando directamente nuestra relación con Dios.
Despojarnos no es un acto superficial, sino una decisión profunda del corazón, Es reconocer que no todo lo que cargamos nos pertenece, y que no todo lo que nos acompaña nos edifica. Nadie puede correr con libertad cuando su corazón está atado a cargas innecesarias, y nadie puede avanzar con firmeza cuando su conciencia está inquieta por un pecado no rendido a Dios.
Los héroes de Hebreos 11 aprendieron a soltar su seguridad humana para abrazar la promesa divina.
Y nosotros también somos llamados a soltar aquello que nos atrasa para poder abrazar aquello que nos fortalece.
La mirada puesta en Cristo sostiene la fe del creyente
(Hebreos 12:2a)
La exhortación es clara y directa: “Puestos los ojos en Jesús.” Cristo es presentado como el Autor y Consumador de nuestra fe. Esto no es una frase poética: es una verdad fundacional.
La fe no nació en nosotros. No surgió de nuestra inteligencia, ni de nuestra voluntad, ni de nuestra búsqueda espiritual. La fe nació en el corazón de Dios antes de nacer en el nuestro. Nosotros creemos porque Él primero nos llamó, nos buscó y nos alcanzó con su gracia.
Nuestra fe es respuesta, no iniciativa.
Nosotros no encendimos la luz; la luz vino a nosotros.
Y así como Él inició nuestra fe por gracia, Él mismo se ha comprometido a perfeccionarla hasta el final. Nuestra fe no se sostiene por nuestra constancia, sino por su fidelidad. Esto nos enseña que la fe no se sostiene por nuestra capacidad, por nuestra constancia o por nuestra fuerza espiritual, sino por la fidelidad de Cristo. Cuando nos sentimos débiles, Él permanece fiel. Cuando nuestra fe tiembla, su fidelidad no tiembla. Cuando nuestra perseverancia se agota, su gracia continúa obrando.
La fe se debilita cuando la mirada se dispersa, pero se fortalece cuando vuelve a fijarse en Jesús.
Pedro es un ejemplo claro de esta verdad. Mientras mantuvo sus ojos en Cristo, caminó sobre las aguas, aun en medio de la tormenta. Pero cuando su mirada se desplazó hacia el viento y las olas, comenzó a hundirse. Pedro no dejó de creer en Jesús, pero dejó de mirarlo correctamente. Y esa breve desviación de la mirada bastó para que su fe comenzara a flaquear.
La mirada en Cristo le da sentido al sufrimiento
(Hebreos 12:2b)
Jesús, por el gozo puesto delante de Él, soportó la cruz, menospreciando el oprobio. Esto nos enseña que Cristo no negó el dolor, sino que lo interpretó a la luz del propósito eterno. Los héroes de la fe caminaron por sendas de sufrimiento, pérdida y prueba, pero permanecieron firmes porque miraban más allá de lo inmediato.
La cruz no fue ausencia de sufrimiento, sino expresión suprema de obediencia. Y el gozo no estuvo en la cruz, sino más allá de la cruz.
Cuando el creyente fija su mirada en Cristo, aprende a atravesar las pruebas sin perder la esperanza, porque comprende que Dios sigue obrando aun cuando el camino se vuelve difícil.
La mirada correcta no elimina la prueba, pero transforma completamente la manera en que la atravesamos.
Conclusión
Este pasaje no nos invita simplemente a correr más rápido, sino a mirar mejor. No nos llama a esforzarnos más, sino a contemplar más profundamente a Cristo. Cuando el corazón vuelve a mirar a Jesús, la fe se reordena, el alma descansa y el caminar espiritual recupera su firmeza.
Hoy el Espíritu Santo nos llama a volver a colocar nuestra mirada donde siempre debió estar:en Cristo Jesús, el Autor y Consumador de nuestra fe.

