EL BUEN ÁRBOL DA BUEN FRUTO
PASTOR JORGE L CINTRÓN
Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos. Todo árbol que no da buen fruto, es cortado y echado al fuego. Así que por sus frutos los conoceréis. Mateo 7:16-20
Juan Wesley, el gran hombre de Dios, le escribió una vez a un amigo, no se en que circunstancias, lo siguiente: “Tus opiniones no te las voy a discutir. Cuida solamente que tú corazón sea recto delante de Dios; que conozcas y ames al Señor Jesucristo; que ames a tu prójimo y que andes como tu Maestro andaba, y no desees otra cosa. ¡Estoy harto de opiniones y cansado de oírlas! Dadme una religión sólida y sustancial; dame un humilde y manso amador de Dios y del hombre, un hombre que con paciencia y esperanza se entregue a la obra de la fe y a la labor del amor.”
La expresión “por sus frutos los conoceréis” es un dicho popular en Puerto Rico. Los evangelistas Mateo y Lucas colocan esa expresión en labios de Jesús en la sección de la conclusión del Sermón del Monte. Mateo coloca esta expresión en relación directa con la manera de distinguir lo que es un falso profeta de un verdadero profeta. Lucas no utiliza esa relación directa; solamente recoge las expresiones de Jesús en torno a como distinguir a un hombre bueno de uno malo.
El Sermón del Monte presenta de forma clara la realidad espiritual del reino en contraste con el concepto popular y erróneo judío de un reino material y político. Jesús en el Sermón del Monte presenta las demandas del reino como unas de una religión interior, del corazón en contraste con una religión exterior de tradiciones y ritos.
El público inmediato del Sermón del Monte fueron los discípulos. Así que sería correcto señalar que es un sermón para los creyentes. Es un sermón para la iglesia.
Se pueden establecer cuatro (4) grandes secciones en el Sermón del Monte: 1) Las bienaventuranzas del discipulado; 2) Las responsabilidades del discipulado; 3) La vida práctica implicada en el discipulado; Y 3) Ilustraciones que clarifican las implicaciones de una decisión al discipulado. Esta sección es a manera de conclusión del sermón. Es en esta última sección que se encuentran las expresiones de Jesús sobre el árbol que da buenos frutos y el árbol que da malos frutos. Están acompañadas de otras ilustraciones: 1) Las dos puertas, 2) Los dos caminos, 3) Los dos tipos de siervos, y 4) Los dos cimientos.
La ilustración sobre árbol que da buenos frutos y el árbol que da malos frutos presenta dos lecciones sencillas. El discípulo o el cristiano tienen que dar buenos frutos. Los buenos frutos proclaman quienes son seguidores de Cristo.
Se ha visto en algunas ocasiones al Sermón del Monte como la expresión de la ley para el reino. Este acercamiento no es adecuado porque podría reducir el ser cristiano a un cumplimiento de normas. El Sermón del Monte contiene una serie de principios para guiar al creyente, mas bien que una lista de reglas o leyes para obedecer.
La vida cristiana se inicia con una transformación que se efectúa en la vida de una persona cuando ésta acepta públicamente a Jesucristo como su Señor y Salvador. Esa transformación interna tiene unos efectos en la forma de actuar de esa persona; de forma tal que los demás comienzan a ver una transformación externa.
Juan, el bautista, al presentar el mensaje que preparaba para la venida de Jesús y ver la respuesta legalista de algunos que venían a él para participar de la ceremonia del bautismo les decía:“¡Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento, y no penséis decir dentro de vosotros mismos: A Abraham tenemos por padre;(porque yo os digo que Dios puede levantar hijos a Abraham aun de estas piedras. Y ya también el hacha está puesta a la raíz de los árboles; por tanto, todo árbol que no da buen fruto es cortado y echado en el fuego.” (Mateo 3:7a–10)
Pablo al escribirle a la iglesia en Roma utilizando una analogía para enseñar sobre la vida cristiana expresa: “Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios. Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte. Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.” (Romanos 7: 4-6)
El Salmo 1 (1:1-3) contiene unas enseñanzas que ayudan a entender el concepto de llevar frutos.
“Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos,
Ni estuvo en camino de pecadores,
Ni en silla de escarnecedores se ha sentado;
Sino que en la ley de Jehová está su delicia,
Y en su ley medita de día y de noche.
Será como árbol plantado junto a corrientes de aguas,
Que da su fruto en su tiempo,
Y su hoja no cae;
Y todo lo que hace, prosperará.”
El creyente es –bienaventurado- feliz porque es como un árbol plantado junto a corrientes de agua. Su raíz encuentra aguas a través de las cuales se alimenta para desarrollarse. El creyente esta “sembrado” en Cristo Jesús y la acción del Espíritu Santo le alimenta para que se desarrolle. El creyente es –bienaventurado- feliz porque da fruto en su tiempo. Esa relación de intimidad con Jesucristo y la acción del Espíritu Santo hacen que su fruto llegue como algo natural en su vida cristiana. El creyente es –bienaventurado- feliz porque su hoja no cae. No importan las situaciones que lleguen a él su vitalidad producto de su relación con Cristo Jesús y la acción del Espíritu Santo le mantienen erguido. El creyente es –bienaventurado- feliz porque todo lo que hace prosperará. La bendición de Dios esta siempre sobre él. Es producto de su relación Cristo Jesús y la acción del Espíritu Santo. Pablo afirma al escribirle a la iglesia en Filipo: “No lo digo porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” (Filipenses 4:11-13)
La fe cristiana no es tanto discurso y retórica sobre enseñanzas; es vivencia. La fe cristiana no es tanto cambiar nuestra conducta: es vivencia. La fe cristiana no es tanto cumplir normas de forma legalista: es vivencia. La fe cristiana no es tanto rituales religiosos; es vivencia. La fe cristiana es entregarle la vida a Jesucristo como Salvador y Señor permitiéndole que se apodere de todo. Es permitirle que transforme el interior de forma tal que se produzcan cambios en la forma de actuar y en el exterior de la persona.
El fragmento inicial de la carta de Juan Wesley a su amigo señalaba: “Tus opiniones no te las voy a discutir. Cuida solamente que tú corazón sea recto delante de Dios; que conozcas y ames al Señor Jesucristo; que ames a tu prójimo y que andes como tu Maestro andaba, y no desees otra cosa. ¡Estoy harto de opiniones y cansado de oírlas! Dadme una religión sólida y sustancial; dame un humilde y manso amador de Dios y del hombre, un hombre que con paciencia y esperanza se entregue a la obra de la fe y a la labor del amor.” Pero ese fragmento continuaba: “¡Qué mi alma se junte con tales cristianos dondequiera que se encuentren y cualesquiera que sea sus opiniones! Quien quiera así la voluntad de mi Padre que está en los cielos, es mi hermano y mi hermana”.
N O T A:
Si al leer este mensaje quieres comunicarte conmigo si necesitas ayuda para enfrentarte a una conducta de pecado. Mi correo electrónico es cadenadeintercesion@yahoo.com Todo correo electrónico será leído solamente por este servidor y mantenido en completa confidencialidad.
Este mensaje será presentado el domingo 13 de agosto de 2017 a las 7:30PM en el Pabellón de Oración de la Primera Iglesia Bautista de Cayey.

