Salmo 69:4
Cristo… murió por los impíos.
Romanos 5:6
Luego, de repente, el clamor de Jesús irrumpió en las tinieblas: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Mateo 27:46).
En la cruz, Cristo experimentó la soledad absoluta. Los judíos y los romanos estaban contra él; y Dios mismo tuvo que abandonar a su propio Hijo. Pero, ¿por qué sucedió esto? Porque fue hecho pecado por nosotros (2 Corintios 5:21) y así, Jesús el justo, cargado con nuestros pecados fue castigado por Dios. “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados… El Señor cargó en él el pecado de todos nosotros” (Isaías 53:5-6). Este fue el precio pagado por nuestra salvación: Dios castigó a su Hijo amado para salvarnos a nosotros, hombres impíos…
Fue el encuentro del odio de los hombres, llevado a su furia extrema, y del amor de Dios revelado en su plenitud. ¿Quién iba a triunfar? El hombre parecía tener la victoria, porque después de haber dicho: “Consumado es”, Jesús entregó su espíritu en manos de su Padre y expiró. Luego su cuerpo fue puesto en una tumba.
Pero la mañana del primer día de la semana, la tumba estaba vacía. ¡Cristo había resucitado! Su triunfo fue proclamado al mundo: ¡Jesucristo había vencido definitivamente a la muerte, la cual no podía retener al Príncipe de la vida!
Si nos arrepentimos de nuestros pecados y creemos que Jesús murió en nuestro lugar, somos salvos. ¡Cuán grande es el amor de Dios hacia nosotros para salvarnos a un precio tan alto!

Éxodo 37 – Hechos 26:1-18 – Salmo 36:7-12 – Proverbios 12:7-8
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