Pastor Jorge L. Cintrón
“Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón… Y ellos, saliendo, predicaron en todas partes, ayudándoles el Señor y confirmando la palabra con las señales que la seguían. Amén.” Marcos 16:14–20
Hace años escuché una historia que todavía me hace sonreír.
Un niñito regresaba de la escuela bíblica. Su mamá le preguntó:
—“¿De qué hablaron hoy?”
—“De cómo Moisés y el pueblo de Israel escaparon de los egipcios cruzando el Mar Rojo.”
—“¿Y qué te dijo la maestra?”
El niño respondió: “Bueno, fue así…”
—El general Moisés y su ejército estaban atrapados: frente a ellos el mar, detrás el ejército de Faraón. Entonces Moisés llamó al alto mando por radio y pidió ayuda…
Llegaron aviones, bombardearon a los egipcios, trajeron puentes portátiles, y así cruzaron todos. Cuando los egipcios iban cruzando, ¡los aviones regresaron y volaron los puentes!
La madre lo miró sorprendida: “¿Estás seguro de que fue así?”
Y el niño contestó:
—“Bueno, mami… si te lo cuento como me lo contó la maestra, ¡tú no lo ibas a creer!”
Así como aquella madre dudó de la historia de su hijo, también los discípulos tuvieron dificultad para creer en las maravillas de Dios. Jesús mismo les reprochó su incredulidad…
Al final de su ministerio Jesús le reprocho su incredulidad a sus discípulos que no creían a los que lo habían visto resucitado: “Finalmente se apareció a los once mismos, estando ellos sentados a la mesa, y les reprochó su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que le habían visto resucitado.” (Marcos 16:14)
¡Cuán difícil se les hace a muchos creer los actos poderosos de Dios!
En una ocasión, un pastor muy reconocido me dijo: “Hoy ya no necesitamos milagros como antes; la ciencia ha avanzado tanto…”
Y pensé para mis adentros: ¡Cuán difícil se les hace a muchas personas creer los actos poderosos de Dios!
Leí otra narración que retrata esta misma lucha con la fe…
Una mujer enferma decía con fe: “Si tan solo toco el borde de su manto, seré sana.” Fue y tocó el borde del manto de Jesús y fue sana. Entre la multitud, un hombre enfermo, al ver lo que había acontecido con esta mujer, también tocó el manto… una, dos, tres veces… y nada sucedió. Cuando le preguntaron si creía en Jesús, respondió: “Pensé que el manto tenía algún poder.” Y algunos le dijeron: “Ahí está la causa. No creíste en Él.” Corrió a buscar a Jesús, pero… ya Jesús había pasado.
No basta tocar con los dedos; hay que tocar con la fe. No basta saber de poder; hay que creer en el poder.
Antes de ascender, Jesús dio una misión y una promesa a sus discípulos: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura… recibiréis poder”. (Marcos 16:15, Hechos 1:8) Diez días después, el Espíritu Santo vino sobre ellos.
¡La promesa se convirtió en poder!
Jesús prometió poder. “Y estas señales seguirán a los que creen…” (Marcos 16:17,18) Dios no nos llamó a predicar un evangelio débil, sino un evangelio respaldado por señales. El poder no era para exhibición, sino para confirmación.
Jesús manifestó ese poder en su ministerio. “Los ciegos veían, los cojos andaban, los muertos resucitaban…” (Mateo 11:5) Su ministerio fue un testimonio viviente del poder del Padre. Y Él mismo dijo: “El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también.” (Juan 14:2)
Los apóstoles vivieron ese poder
Pedro le dijo al paralítico de la Puerta de La Hermosa: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda.” Hechos 3:6
Y aquel hombre saltó, caminó y alabó a Dios.
Esa manifestación de poder trajo conversión, persecución y oración.
La iglesia oró: “Señor, concede a tus siervos que hablen con denuedo tu palabra, mientras extiendes tu mano para que se hagan señales y prodigios…” (Hechos 4:24-31) Y Dios respondió. El poder de Dios no los libró de la persecución, pero los fortaleció para enfrentarla. El poder no elimina el conflicto, lo redime.
El libro de los Hechos es una galería del poder divino.
1- Sanidades: el cojo de la Hermosa, Eneas, el padre de Publio.
2- Resurrecciones: Dorcas y Eutico.
3- Liberaciones: de demonios, de cárceles, de serpientes.
4- Milagros extraordinarios: la sombra de Pedro, los paños de Pablo.
Así se cumplía la palabra de Jesús: “Y estas señales seguirán a los que creen.”
Ese mismo poder no quedó encerrado en los días de los apóstoles. ¡Sigue vivo en la iglesia que cree, ora y obedece! Una iglesia obediente y llena del Espíritu sigue dando testimonio del poder de Dios.
Hoy más que nunca, iglesia, debemos recordar: Nuestra tarea principal sigue siendo predicar la salvación en Cristo Jesús. Y al hacerlo, debemos esperar que Dios confirme Su palabra con poder.
Hace años leí la siguiente frase en un libro: “En la iglesia sucede lo que se proclama desde el púlpito; lo que no se proclama, probablemente nunca sucederá.”
Yo proclamo que Jesucristo: Salva, Sana, Liberta, Y capacita a través del Espíritu Santo.
La iglesia del Señor debe ser un testimonio vivo de poder.
1- Poder que salva al perdido…
2- Poder que sana al enfermo…
3- Poder que liberta al cautivo…
4- Poder que transforma vidas…
¡Ese es el poder de Cristo resucitado!
El Cristo resucitado sigue confirmando Su palabra con las señales que la siguen.
Ese mismo poder no quedó encerrado en los días de los apóstoles. ¡Sigue vivo en la iglesia que cree, ora y obedece! “Si tú crees, verás la gloria de Dios.” ¡Y si la iglesia cree, el mundo verá el poder de Dios!

