
Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto?
Juan 11:25-26
Si crees, verás la gloria de Dios.
Juan 11:40
(Lea Juan 11:1-44)
Lázaro estaba enfermo. Sus hermanas mandaron llamar a Jesús, pero cuando él llegó, Lázaro ya había muerto hacía aproximadamente cuatro días. Jesús halló a Marta y le dijo: “Tu hermano resucitará”. Luego, al ver a María llorando, y a los amigos que habían ido a consolarla también llorando con ella, se conmovió. Comprendía el dolor de María, y aún más, la causa de ese dolor: medía la intensidad del poder de la muerte y su impacto en nuestro ser. Jesús lloró. Él llora con los que lloran, y mediante sus lágrimas muestra su simpatía hacia todos los que pasan por el duelo.
Jesús ordenó quitar la piedra que cerraba el sepulcro. Entonces Marta, quien a pesar de todo había mostrado fe, dudó. Dijo: “Señor, hiede ya, porque es de cuatro días”. Pero el Señor le recordó su promesa: “¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?”. Luego ordenó al muerto salir; y Lázaro salió de la tumba.
Esta duda de Marta se parece a las nuestras cuando las situaciones por las que hemos orado continúan degradándose. ¡Apropiémonos de las promesas de Jesús! No dejemos desfallecer nuestra confianza en Dios, pues cuando intervenga, veremos su gloria. Quizá no actúe exactamente como lo habíamos imaginado, pero lo hará con poder y sabiduría. ¡Así podremos darle las gracias y alabarlo!
El “Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación” (2 Corintios 1:3-4).
Por: La Buena Semilla