Dios es grande, pero no desestima a nadie.
Job 36:5
Bendecirá a los que temen al Señor, a pequeños y a grandes.
Salmo 115:13
En la sociedad egoísta en la que vivimos, a menudo los grandes desprecian a los pequeños, y los pequeños a veces tienen envidia de los grandes. ¡Pero Dios no desprecia a nadie! Él abre a cada uno los tesoros de su amor. ¡Nadie es desechado! Su deseo es salvar a todos los hombres. También quiere bendecir a todos los que depositan su confianza en él.
Admiremos a Jesús en su incansable abnegación. No rechaza a nadie, pues por bajo que haya caído alguien en la decadencia física o moral, Jesús se acerca para curar, salvar y liberar. Todos tienen acceso al Salvador: una mujer adúltera condenada por la ley (Juan 8), personas desesperadas, ciegos, enfermos… Incluso uno de los dos ladrones crucificados al lado de Jesús pudo escuchar al Señor decirle: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”.
Reconozcamos el amor de Dios en toda su dimensión; es para los pobres y los ricos, para los grandes y los pequeños… Se despliega sobre todos los que lo reciben en su vida, los que desean amarle y servirle. Dios bendecirá a estas personas. Hombres notables como Nicodemo y el rico José de Arimatea se convirtieron en sus discípulos (Mateo 27:57). Escogió a Saulo de Tarso, un erudito, para que fuese el apóstol Pablo (Hechos 26:24), también a “hombres sin letras y del vulgo” (Hechos 4:13), como Pedro y Juan.
Vivamos cerca de Dios y aprenderemos a amar, como él, a pequeños y a grandes. Solo cuenta la fe, porque tiene un inmenso precio (2 Pedro 1:1); lo demás (inteligencia, educación, situación social) nunca debería influir en nuestros afectos.
Jeremías 24 – Lucas 24:1-35 – Salmo 97:8-12 – Proverbios 21:27-28
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