Salmo 116:6
Vuélvete… no haré caer mi ira sobre ti, porque misericordioso soy yo, dice el Señor.
Jeremías 3:12
Al Señor busqué en el día de mi angustia.
Salmo 77:2
«Nací en una familia en la que había mucha violencia. Mi padre bebía y a menudo golpeaba a mi madre. Nos alejaba de todo lo que representaba a Dios. «¡Dios no existe!», nos decía. Hoy sé que si no me suicidé, fue porque un día, a escondidas de mi padre, mi abuela me habló de Dios.
A los doce años no podía soportar más esta vida. Pero cada vez que pensaba en el suicidio, pensaba también en Dios, a quien amaba sin conocerlo, porque yo me decía a mí misma: «Si mi padre no lo ama, seguramente Dios debe ser alguien bueno».
Me casé a los diecinueve años. Pero el conflicto no tardó en llegar, peleaba continuamente con mi esposo. Tuvimos un bebé, y pensé que con un hijo todo cambiaría, que me iría mejor en mi vida, pero cada vez era peor. Había caído en la depresión… Pensaba en Dios, pero no me atrevía a orar ni a pedirle ayuda.
Un día mis hermanas vinieron a visitarme con unos amigos. Uno de ellos, un joven, volvió al día siguiente y me preguntó para qué estaban todos estos medicamentos en la mesa. Le dije que yo estaba sufriendo una fuerte depresión. Entonces empezó a hablarme de Jesús, de Dios y de su amor por mí. Durante sus visitas me mostró que Dios pensaba en mí, que se ocupaba de mí. ¡Yo me sentía inútil, sentía que no le importaba a nadie, pero Dios se interesaba en mí!».

Números 15 – 1 Juan 5 – Salmo 78:56-65 – Proverbios 18:18-19
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