No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree.
Romanos 1:16
En una consulta, el médico me hacía preguntas sobre mi forma de ver el futuro. Ese día le dije sencillamente que era cristiana y que mi confianza estaba en Dios. Esas palabras provocaron un efecto que nunca imaginé. Desde hacía tiempo, el Señor Jesús había despertado su corazón y su conciencia a la fe, de modo que al final fue él quien me animó.
¡Esta experiencia fue toda una lección para mí! A veces somos complicados e incluso tenemos vergüenza de dar testimonio de nuestra fe. Esperamos grandes ocasiones, preparamos argumentos, deseamos tanto que llegue el momento oportuno… y ese momento nunca llega, pues simplemente no supimos discernirlo.
Creyentes, quizá tengamos la mala tendencia a fijarnos solo en nosotros mismos, incluso en cuanto a nuestro testimonio cristiano. ¿No nos ha sucedido, para vergüenza nuestra, que después de haber sido negligentes para hablar de nuestra fe a una persona, nos tranquilizamos diciéndonos que tal vez habrá otra ocasión? Para un cristiano, dar testimonio de su vida con Dios debería ser algo natural y primordial. Mostrar mediante nuestros actos, palabras y comportamiento en la vida cotidiana que Jesús es nuestro Maestro, que es el Hijo de Dios, el Salvador del mundo, es el privilegio y la responsabilidad de aquellos que dicen ser cristianos. ¡No nos avergoncemos del Evangelio! Estemos siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que nos demande razón de la esperanza que hay en nosotros (1 Pedro 3:15).
Números 3 – 1 Timoteo 3 – Salmo 73:10-20 – Proverbios 17:23-24
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