Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.
Romanos 3:24
Ser hallado en él, no teniendo mi propia justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe.
Filipenses 3:9
A esto aspiran todos los hombres de todas las épocas. El deseo de tener más justicia se halla por todas partes, desde los discursos políticos hasta las conversaciones cotidianas, pasando por las reivindicaciones sindicales. ¡Ese deseo está en el fondo de cada uno de nosotros! Sin embargo, esta justicia que todo el mundo busca, a menudo es subjetiva, y siempre limitada, pues depende de la mentalidad, las costumbres, las leyes que rigen las diferentes sociedades…
De hecho, antes de preocuparnos por la justicia entre los hombres, ¿hemos pensado en lo que es justo para Dios? ¿No será justo honrar a Aquel que da la vida, el aliento, la salud…, Aquel que está por encima de todo y de todos, y que nos da muchas cosas que quizá consideremos como normales? ¿Es normal vivir sin preocuparse por él?
Dios mismo estableció una justicia, pero no para solucionar los problemas entre los hombres, sino para definir los términos de una relación con él. Esta justicia fue establecida mientras se cometía la más grande injusticia de todos los tiempos: Jesucristo, el único hombre justo que jamás existió en la tierra, fue crucificado, “el justo por los injustos, para llevarnos a Dios” (1 Pedro 3:18). Si creo en su sacrificio, si reconozco que al morir Jesús tomó el lugar que yo merecía, Dios mismo me declara justo, me perdona. Además, me convierto en su hijo y puedo llamarle “Padre”.
Levítico 21 – Romanos 16 – Salmo 69:19-28 – Proverbios 17:3-4
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