
Para avanzar en una meta o propósito es requerido trabajo y esfuerzo. El resultado de no hacer nada es… nada. Todo sigue igual si no se toman decisiones y se asumen algunos riesgos de fe. Pero el mayor obstáculo para lograr algo es el orgullo. En la Biblia encontramos el caso de Pedro quien no aparentaba ser un buen candidato para ser un siervo y discípulo de Jesús, ni que fuera capaz de enseñar y predicar el evangelio una vez que Él partiera.
El perfil era, ante los ojos humanos, totalmente inadecuado; este hombre era un impulsivo, que siempre respondía emocionalmente, pero el Señor lo vió con “ojos distintos”, Jesús sabía que Pedro tenia potencial a pesar de su arrogancia.
Cada oportunidad en la que Pedro intervenía el Señor le respondía, ya fuera para que aprendiera de humildad o para corregirle su temperamento impulsivo.
Tal es el caso narrado en el evangelio de Juan 13 versículos seis al nueve, que dice: “Cuando llegó a Simón Pedro, éste le dijo: ¿Y tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?. Ahora no entiendes lo que estoy haciendo —le respondió Jesús—, pero lo entenderás más tarde. ¡No! —protestó Pedro—. ¡Jamás me lavarás los pies!; —Si no te los lavo, no tendrás parte conmigo.
—Entonces, Señor, ¡no sólo los pies sino también las manos y la cabeza!”
¡Que maravillosa forma de calmar un corazón orgulloso!; Pedro no entendía que la humildad era la que le hacía ser una “persona grande” ante el Señor; por eso Él les lavó los pies, no solo a Pedro sino a todos los discípulos.
Al final, después de la resurrección de Jesús, Pedro era un hombre renovado y preparado para la obra encomendada.
Te pregunto: ¿De qué manera está usted obstaculizando el trabajo de Dios en su vida?. Si Dios le ha dado una visión de algo que debe hacer, entonces, Él le preparara el corazón para que pueda ejecutar el propósito.
Estoy seguro de que el Señor tiene un propósito y un plan maravilloso para usted, la pregunta es: ¿Esta dispuesto(a) a soltar su orgullo y servir en humildad?.
Dios cuenta contigo…
Oremos: “Señor comprendo que debo ser humilde. Hoy pongo en tus manos mi orgullo, ese que me ha causado dificultades en mi relación con los demás y que me impide ser un(a) verdadero(a) sievo(a). Señor quiero servirte con el corazón y amar a los demás como tu me amas a mí, lo pido y declaro en el nombre de Jesús, Amen”
Versículo: “—¡No! —protestó Pedro—. ¡Jamás me lavarás los pies! —Si no te los lavo, no tendrás parte conmigo”. Juan 13:8 (NVI)
Buen Día
Juan C Quintero
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