Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás).
Salmo 49:7-8
Así dice el Señor: … Vuélvete a mí, porque yo te redimí.
Isaías 44:6, 22
Navegar en el Mediterráneo en la Edad Media era una aventura muy arriesgada. No era raro que los piratas atracaran los barcos franceses o españoles, que tomaran a los pasajeros y los llevaran a la costa africana para exigir un gran rescate por su liberación.
Un día España decidió liberar a todos sus prisioneros y reunió la suma necesaria para pagar el rescate. Un barco bien armado y cargado con esta fortuna salió para ir a buscar a todos los cautivos. Pero allá, varios se habían adaptado a su condición: algunos se habían casado, otros habían puesto un negocio… Y se produjo lo impensable: muchos no quisieron ser liberados, sino que prefirieron seguir viviendo en ese país donde no eran libres. El barco tuvo que regresar a España trayendo solo un pequeño número de prisioneros liberados y el dinero que no fue utilizado para el rescate.
Esta historia nos ayuda a comprender nuestra situación ante Dios. Incluso si no somos conscientes, somos como prisioneros en manos de Satanás, el verdadero amo de este mundo que decidió vivir sin Dios. Y nosotros somos totalmente incapaces de liberarnos por nosotros mismos.
Fue preciso que Jesucristo pagase en nuestro lugar el precio necesario para rescatarnos, y esto lo consiguió dando su vida en la cruz. Este rescate es suficiente para redimir a todos los hombres, pero es necesario que cada uno reconozca personalmente que es un esclavo, que está lejos de Dios, y que crea en Jesús, el Salvador.
Isaías 11-12 – 1 Tesalonicenses 1 – Salmo 40:1-5 – Proverbios 13:2-3
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