El que ama a Dios, ame también a su hermano.
1 Juan 4:21
Para ser testigos de este amor hay que experimentarlo primero. Es necesario haber “conocido y creído el amor que Dios tiene para con nosotros” (1 Juan 4:16). ¿Cómo podría quedar oculto semejante descubrimiento? ¡Más bien debería producir un interés hacia los demás, empezando por nuestros hermanos y hermanas cristianos! Por esto los paganos de los primeros siglos decían de los cristianos: «¡Mirad cómo se aman!». Esos primeros cristianos vivían lo que creían. Se ayudaban unos a otros, visitaban a los que estaban en la cárcel debido a su fe, cuidaban a sus hijos… En una palabra, hacían visible el amor de Dios.
¿Dónde encontraban la fuerza de tal amor? En una relación viva y de confianza con el Señor Jesús. Y esto es así aún hoy. Cuando vivimos en el gozo y la comunión del Cristo resucitado, el egoísmo deja paso al amor. La piedad, esa relación de fe y de confianza entre Dios y nosotros sus hijos, es renovada y se vuelve más viva y sincera. La fidelidad de Cristo da un nuevo impulso a mi corazón y a mi vida. ¡Gracias a su ayuda puedo ser su testigo hacia los que me rodean!

