
«Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí» Gálatas 2:20
La ilimitada e inalcanzable Sabiduría de Dios se muestra en toda la Creación: es un sistema muy bien diseñado de procesos interconectados entre sí, desde lo macro a lo micro y al éter. La Gran Salvación que Dios prometió en Génesis 3:15 ha sido un Proceso por Etapas.
Dios eligió a Su amigo Abram, le cambió el nombre a Abraham, lo convirtió en otra persona. De su descendencia trajo un pueblo, y a ese pueblo le dio la Ley. Esa Ley contemplaba “lo que el hombre tenía que hacer” para vivir en paz y harmonía con Dios. Pero también enseñó los requisitos indispensables: fidelidad hacia Dios y fidelidad hacia los hombres.
Ningún hombre sobre la Tierra pudo (ni puede) cumplir esa Ley; Dios lo sabía, pero Él tenía que promulgarla, porque sin Ley no hay Juicio. Sin embargo, en el tiempo perfecto vino Cristo, y la cumplió perfectamente en todos sus puntos. ¿Cómo iba Cristo a cumplir una Ley inexistente, desconocida?.
La Ley de Moisés proveyó el escenario ideal para la presentación de Cristo en el mundo, y le dio sentido a Su Sacrificio en La Cruz. Ya estaba claro desde Edén que la paga del pecado es la muerte; el Sacrificio de Cristo deshizo esa muerte al sustituirnos en el Juicio.

