
«Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí» Gálatas 2:20
A ver: Dios fue claro desde el Principio, es decir, desde Edén, desde Génesis 3:15: Quien deshacería la ley de la muerte que vino con la caída de la humanidad sería Cristo. Por tanto, la Ley de Moisés no podía proveer salvación al hombre, sino Cristo, que no se había presentado para la fecha en que Israel recibió la Ley en el desierto.
Dice el Autor de Hebreos que esta Ley era “una sombra de lo que habría de venir” (Heb.10:1), es decir, Cristo con Su Expiación Perfecta y definitiva. Y esa Ley era, y es, “santa y buena” (Romanos 7:12). Ni modo, fue Dios que la dio. Si el hombre hubiese sido capaz de cumplirla, se hubiese salvado con Ella.
Si Israel hubiera sido perseverante, si los hebreos hubiesen permanecido en esa Ley, ¡qué bien le hubiese ido a la humanidad!. Sin embargo, la Ley sirvió para mostrarnos que es imposible salvarnos por medio de las buenas obras, porque siempre vamos a fallar en un punto.
Dios es un Dios perfecto, y no acepta ningún estándar menor a la perfección. Pero tranquilos, si ciertamente no podemos alcanzarlo, Cristo ya lo hizo por nosotros.

