Cuidando el terreno de mi corazón
Pastor Jorge L. Cintrón
Mensaje para ser presentado en el Pabellón de Oración de la Primera Iglesia Bautista de Cayey, Puerto Rico el 2 de noviembre de 2025, 10:15am
“Otra vez comenzó Jesús a enseñar junto al mar, y se reunió alrededor de él mucha gente, tanto que entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar. Y les enseñaba por parábolas muchas cosas, y les decía en su doctrina: Oíd: He aquí, el sembrador salió a sembrar; y al sembrar, aconteció que una parte cayó junto al camino, y vinieron las aves del cielo y la comieron. Otra parte cayó en pedregales, donde no tenía mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra. Pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó. Otra parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron y la ahogaron, y no dio fruto. Pero otra parte cayó en buena tierra, y dio fruto, pues brotó y creció, y produjo a treinta, a sesenta, y a ciento por uno. Entonces les dijo: El que tiene oídos para oír, oiga.” Marcos 4:1-9
¿Qué pasaría si Dios viniera hoy a sembrar su Palabra en tu corazón? ¿Qué encontraría: un camino endurecido, un suelo pedregoso o una tierra fértil lista para dar fruto?
Jesús narró una historia conocida por todos. Un agricultor salió a sembrar trigo. Algunas semillas cayeron en el camino, otras entre piedras, otras entre espinos, y otras en buena tierra que dio fruto abundante.
En los tiempos de Jesús se utilizaba el método de voleo. El sembrador lanzaba las semillas con la mano, esperando que la mayoría cayera en buena tierra. Inevitables eran las pérdidas cuando las semillas caían en lugares improductivos. Esta parábola es una de las más conocidas, recogida por Mateo, Marcos y Lucas. En esta parábola, Jesús enseña que el evangelio del Reino llega al corazón humano con diferentes grados de éxito.
Jesús mismo explicó su significado: La semilla es la Palabra de Dios. Los distintos terrenos representan condiciones del corazón.
Tres enemigos impiden el crecimiento espiritual: El pecado, que endurece el corazón. Los problemas, que distraen y debilitan. Los afanes, que ahogan la fe.
¿Qué tipo de terreno soy hoy delante de Dios?
El terreno endurecido – El pecado que no deja germinar la Palabra
Dios desea hacer cosas hermosas en nuestra vida, pero a veces hay áreas no rendidas.
Uno de los casos más extraordinarios que La Biblia nos presenta es el de aquel creyente llamado Simón que vivía en Samaria y había ejercido la magia (Hechos 8:9-24) Creyó, se bautizó y seguía a Felipe, pero su corazón no era recto. Quiso comprar el don del Espíritu Santo. Los apóstoles lo confrontaron: “Tu corazón no es recto delante de Dios.”
El pecado no confesado endurece el corazón.
El pecado no confesado es como una capa de cemento sobre la tierra del alma: impide que la semilla penetre y dé fruto. Un corazón endurecido no se vuelve duro de un día para otro; se endurece con cada ‘no’ que le decimos a Dios.
El escritor de Hebreos advierte: “Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad…” (Hebreos. 3:12-15)
El salmista oraba: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón…” (Salmos 139:23-24)
¿Hay rincones de mi corazón donde aún no he dejado entrar al Señor?
El terreno superficial – Los problemas que marchitan la fe
Los problemas pueden impedir que la Palabra eche raíces profundas.
Jesús llamó a un hombre y este respondió: “Deja que primero entierre a mi padre.” (Lucas 9:59-60) Los problemas personales y emocionales pueden robarnos profundidad espiritual. Jesús nos enseñó a no vivir ansiosos: “No os afanéis por vuestra vida… mas buscad primeramente el Reino de Dios.” (Mateo 6:25-34)
Hay cristianos que florecen el domingo y se marchitan el lunes, porque su raíz no pasa de la superficie.
¿He permitido que mis preocupaciones ocupen el espacio donde Dios quiere poner su paz?
El terreno ahogado – Las prioridades que sofocan la fe
El joven rico quiso la vida eterna, pero no quiso cambiar sus prioridades. (Mateo 19:16-22)
No fue su dinero lo que lo perdió, sino el amor que le tenía.
Los valores del mundo ganaron la batalla contra los valores del Reino.
No fue el dinero el problema, sino el lugar que ocupaba en su corazón. Lo que no le entregamos a Cristo, termina quitándonos a Cristo.”
Muchos hoy dicen: “No tengo tiempo para servir.” “Dios entiende mis compromisos.” Pero quieren que Dios los coloque en el centro, cuando ellos lo han dejado en la esquina.
¿Qué ocupa el primer lugar en mi vida? ¿Cristo o mis intereses?
Cuando el corazón se rinde completamente al Señor, la Palabra florece. La semilla echa raíces. La fe se fortalece. El fruto del Espíritu se manifiesta.
Un hombre invitó a Cristo a su corazón, pero solo le daba acceso a ciertas habitaciones. Un día entendió que Cristo no quería ser invitado, sino el Señor de toda la casa. Cuando le entregó todo, su vida cambió por completo.
El corazón donde Cristo reina plenamente, se convierte en jardín fértil donde florece la vida eterna. Cuando Cristo tiene acceso total, el alma se convierte en jardín de esperanza.
¿Le has dado a Cristo solo una habitación o ya le diste la llave de toda tu casa interior?
Cuando el corazón es buena tierra, el fruto del Espíritu brota sin esfuerzo: amor, gozo, paz, paciencia…
No permita que el terreno de su corazón se dañe. El pecado endurece. Los problemas desvían la mirada. Los afanes ahogan la fe.
Pero si hoy le entregas tu corazón al Sembrador, Él removerá las piedras, arrancará los espinos y hará florecer lo que parecía seco.
Hoy el Sembrador sigue lanzando su semilla. No dejes que se pierda. Pídele que tu corazón sea buena tierra donde su Palabra dé fruto a treinta, sesenta y ciento por uno.
Hoy el Sembrador está pasando entre nosotros. No dejes que su semilla caiga en vano. Dile: “Señor, trabaja mi tierra, rompe lo duro, arranca lo malo y siembra lo eterno.
“El Sembrador está aquí… ¿le entregarás hoy tu corazón?

