La gloria de Dios en el creyente
Pastor Jorge L. Cintrón
Texto bíblico: Efesios 1:16-19
“No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos, según la operación del poder de su fuerza.”
¿Alguna vez te has sentido invisible, como si tu vida no tuviera brillo ni propósito? Quizás no lo sabías, pero en ti habita la gloria misma de Dios. Vivimos tiempos en los que muchos creyentes han perdido la conciencia de quiénes son en Cristo. Se sienten invisibles, insignificantes o débiles. Van a la iglesia, oran, sirven, pero no se ven como Dios los ve
El apóstol Pablo oró para que los ojos del corazón del creyente sean abiertos, para que entiendan una verdad gloriosa: ¡La gloria de Dios habita en nosotros! No es una figura simbólica ni un simple concepto teológico; es una realidad espiritual. El mismo poder, la misma gloria que resplandecía en el tabernáculo en el Antiguo Testamento ahora mora en los redimidos por la sangre de Cristo. Cuando esa verdad se revela al corazón, la fe se fortalece, la adoración se enciende y la vida cristiana cobra sentido. Donde camina un creyente lleno del Espíritu, allí camina también la gloria de Dios.
La carta a los Efesios contiene dos oraciones preciosas de Pablo, y ambas revelan su deseo más profundo: que la iglesia conozca su identidad y viva conforme a ella. En la primera oración (Efesios 1:15-23), Pablo pide revelación para la iglesia: que los ojos del entendimiento sean alumbrados, que el creyente sepa quién es y qué tiene en Cristo. En la segunda oración (Efesios 3:14-21), pide fortaleza y plenitud: que el Espíritu Santo fortalezca el hombre interior, que Cristo habite por la fe en los corazones, y que seamos llenos de toda la plenitud de Dios. En otras palabras, Pablo ora primero para que sepamos quiénes somos, y luego para que vivamos como tales. Porque no hay iglesia fuerte sin revelación, ni creyente victorioso sin conciencia de su identidad.
En la primera oración, Pablo pide tres cosas muy específicas al Padre de gloria:
Que el Espíritu de sabiduría y de revelación alumbre los ojos del entendimiento de los creyentes para que sepan: Cuál es la esperanza a la que Dios los ha llamado —la herencia y el destino glorioso que tenemos en Cristo. Cuáles son las riquezas de la gloria de su herencia en los santos —lo que Dios ve y valora en su pueblo. Cuál es la supereminente grandeza de su poder —el poder que actúa en los que creen.
Para explicar ese poder, Pablo presenta cuatro manifestaciones gloriosas en Cristo: Dios resucitó a Jesús de entre los muertos. Lo sentó a su diestra en los lugares celestiales. Sometió todas las cosas bajo sus pies. Y lo constituyó cabeza de la iglesia, que es su cuerpo.
Aquí está el punto clave: Aunque la iglesia conoce la esperanza, el poder y la herencia, muchos creyentes no tienen conciencia de que son expresión viva de la gloria de Dios. Por eso Pablo ora —y nosotros debemos orar también— para que el Espíritu nos revele esa verdad profunda: Que la gloria que una vez llenó el templo, ahora se manifiesta en los redimidos, en ti y en mí.
Cuando hablamos de la gloria de Dios, hablamos de la manifestación visible de su naturaleza, de su presencia y de su poder. La gloria de Dios no es un brillo místico, es Dios mismo dándose a conocer. Pablo nos enseña que esa gloria ahora se manifiesta en la iglesia, en el creyente. Tú y yo somos llamados a reflejar esa gloria. Así como la luna refleja la luz del sol, la iglesia refleja la luz del Hijo.
La gloria que antes llenaba el templo, hoy llena corazones redimidos.
Desde el Antiguo Testamento, las Escrituras nos muestran que la gloria de Dios se manifiesta, aparece y se revela.
Éxodo 16:10 dice: “Hablando Aarón a toda la congregación de los hijos de Israel, miraron hacia el desierto, y he aquí la gloria de Jehová apareció en la nube.” Así como esa gloria apareció en el desierto, también aparece hoy en el creyente y en la iglesia. Cuando una vida es transformada, cuando el amor de Cristo se hace visible, cuando el Espíritu Santo actúa, la gloria de Dios se deja ver.
El profeta Isaías proclamó: “Y se manifestará la gloria de Jehová, y toda carne juntamente la verá; porque la boca de Jehová ha hablado.” (Isaías 40:5) La gloria de Dios no está escondida, se manifestará. Y hoy se manifiesta en cada creyente que permite al Espíritu Santo obrar. El mundo no puede ver a Dios, pero puede ver su gloria reflejada en ti.
En Números 14:22, Dios mismo declara: “Mas tan ciertamente como vivo yo, y mi gloria llena toda la tierra…” La gloria de Dios llena la tierra, no por los templos que construimos, sino por las vidas que Él ha transformado. Cada creyente que vive en obediencia, cada acto de amor, cada testimonio fiel, es una chispa de esa gloria divina llenando el mundo.
La gloria de Dios está íntimamente unida a su Reino y a su presencia.
Por eso los salmistas cantan:
“Te alaben, oh Jehová, todas tus obras,
Y tus santos te bendigan.
La gloria de tu reino digan,
Y hablen de tu poder…”
(Salmo 145:10-12)
“Proclamad entre las naciones su gloria,
En todos los pueblos sus maravillas…
Alabanza y magnificencia delante de él;
Poder y gloria en su santuario.”
(Salmo 96:3-6)
Cuando adoramos, la gloria del Reino se hace visible. Cada cántico, cada palabra de fe, cada acto de obediencia es un reflejo del poder de su gloria en nosotros.
En el Antiguo Testamento, la gloria de Dios se manifestó en hechos poderosos.
En la columna de fuego, en el monte Sinaí, en el tabernáculo. Era una gloria visible, resplandeciente, que hacía temblar a los pueblos. Pero hoy, Pablo nos enseña algo aún más glorioso: esa misma gloria se manifiesta en la iglesia, en el creyente, en ti. Ya no en una nube, ni en un monte, ni en un templo hecho de manos, sino en templos vivos, en corazones donde habita Cristo por la fe.
Hoy podemos afirmar con autoridad espiritual:
Tú y yo —la iglesia— somos la gloria de Dios para este mundo.
El mundo necesita ver a Dios, y Dios ha decidido revelarse a través de su pueblo.
Hoy muchos menosprecian la iglesia; la critican, la ridiculizan o la tratan como algo irrelevante. Pero ¡qué equivocados están! La iglesia no es un edificio ni una organización humana: es la manifestación viva de la gloria de Dios. No permitas que nadie te robe esa verdad. No permitas que la duda o la culpa te hagan olvidar quién eres. Eres portador de la gloria de Dios.
Satanás tratará de robarte ese entendimiento, de hacerte creer que no vales, que no puedes, que no eres digno. Pero la Palabra declara en Colosenses 2:12-15 que fuimos sepultados con Cristo, resucitados con Él, perdonados y libertados. ¡Cristo triunfó sobre todo poder de tinieblas, y tú participas de esa victoria!
Y cuando las voces contrarias te digan lo contrario, recuerda:
Si te dicen: “Tú no eres gloria de Dios porque estás enfermo”, responde: “Por sus heridas fuimos sanados” (1 Pedro 2:24) “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).
Si te dicen: “Tú no eres gloria de Dios porque no tienes recursos”, declara: “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1) “Dios quiere que yo sea prosperado en todas las cosas, así como prospera mi alma” (3 Juan 2).
Si te dicen: “Tú no eres gloria de Dios porque tu familia tiene problemas”, responde: “Mi casa está cimentada sobre la roca… no caerá, porque está cimentada sobre Jesús” (Mateo 7:24-25) “Aunque mi padre y mi madre me dejaran, con todo Jehová me recogerá” (Salmo 27:10).
Y si te dicen: “Mira tus luchas, tus debilidades, tus lágrimas… ¿cómo puedes ser gloria de Dios?”, declara: “Tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros…” (2 Corintios 4:7-11) Aunque seamos frágiles, el poder de Cristo brilla más fuerte a través de nuestra fragilidad. Esa es la grandeza del Evangelio: la gloria de Dios en vasos de barro.
Para mediados del siglo II circulaba entre la iglesia cristiana una obra titulada El Pastor de Hermas, escrita para instruir a los nuevos convertidos. En esta obra, Hermas tiene varias visiones que le son explicadas por un ángel.
Una de esas visiones es especialmente significativa para nosotros hoy:
Hermas contempla a una mujer vieja, escuálida y maltrecha, sentada en una silla destartalada, que sube de las aguas.
El pastor le pregunta al ángel: “¿Qué significa esta mujer?”
El ángel responde: “Esa es la iglesia.”
Más adelante, Hermas ve otra visión: una mujer de radiante hermosura, sentada en una silla de oro, que también sube triunfante de las aguas.
Hermas pregunta de nuevo: “¿Y esta mujer, qué significa?”
El ángel responde: “Esta también es la iglesia.”
Sobrecogido, Hermas insiste: “¿Cómo puede ser la misma iglesia vieja y débil, y también joven y gloriosa?”
El ángel responde: “La iglesia es como tú la ves en tu espíritu. Cuando estás lleno de fe y entusiasmo, la iglesia aparece victoriosa y pujante. Cuando te sientes desalentado y sin ánimo, la ves derrotada y acobardada.”
Esta visión nos recuerda algo poderoso: la gloria de Dios en la iglesia depende de nuestra mirada, de nuestra fe, de nuestra conciencia de quiénes somos en Cristo.
cada creyente ha sido constituido por Dios para ser su gloria en el mundo.
No permitas que te arrebaten lo que Dios te ha dado.
No permitamos que nos quiten la identidad que Cristo nos ha dado: somos la gloria de Dios.
Aunque el mundo trate de minimizar, ridiculizar o ignorar la iglesia, la verdad permanece: donde hay un creyente en Cristo, la gloria de Dios se manifiesta.
Recordemos la fuerza de estas palabras de Pablo: vivimos en vasos de barro, sí, frágiles y limitados… Pero en esa fragilidad, el poder y la gloria de Dios se muestran plenamente, para que todos vean que la victoria no es nuestra, sino de Aquel que nos llamó, nos redimió y nos constituyó su gloria.
¡No olvides nunca! Donde tú estás, la gloria de Dios también está, y por tu vida, por tu testimonio, por tu fe, el mundo puede ver a Dios.

