Servir a Dios no es simplemente cumplir con rituales
o tradiciones; es abrazar una búsqueda constante de
comunión profunda con Él. Es reconocer Su presencia
en cada aspecto de nuestra existencia, en lo cotidiano y
en lo extraordinario y rendirle nuestras
cargas con humildad y fe.
El Señor es mi fuerza y mi escudo; mi
corazón en el confía; de él recibo ayuda.
Mi corazón salta de alegría, y
con canticos le daré gracias.
Salmo 28:7
